
2-Ene-2010 | Desde el inicio de 2009, Ben Bernanke, titular de la Reserva Federal
(banca central estadounidense), señalaba que antes del fin de ese año
comenzarían a verse síntomas claros de superación de la crisis y hacia
el mes de agosto anunció que “lo peor de la recesión ha quedado atrás”.
Antes de que estallara la bomba financiera en septiembre de 2008,
Bernanke pronosticaba que dicho estallido nunca iba a ocurrir, y cuando
finalmente ocurrió su nuevo pronóstico era que en poco tiempo llegaría
la recuperación. Ahora, ha decidido no esperar más y le anuncia al
mundo el comienzo del fin de la pesadilla.
No ha sido el único en hacerlo. Una apabullante campaña mediática ha
venido utilizando algunas señales aisladas para imponer esa idea. Así
fue como el renacimiento de la burbuja bursátil global desde mediados
de marzo fue presentada como un síntoma de mejoría económica general.
Una nube de “expertos” nos explicó que la euforia de la Bolsa estaba
anticipando el fin de la recesión.
En realidad, las inyecciones masivas de dinero de los gobiernos de las
grandes potencias económicas, beneficiando principalmente al sistema
financiero, generaron enormes excedentes de fondos que, en condiciones
de enfriamiento generalizado de la producción y el consumo, encontraron
en los negocios bursátiles un espacio favorable para rentabilizar sus
capitales.
Jugando al alza de los valores de las acciones empujaban hacia arriba
sus precios, lo que a su vez incitaba a invertir más y más dinero en la
Bolsa. A esto debemos agregar que el motor de la euforia bursátil
mundial (la Bolsa de los Estados Unidos), además del dinero derivado de
los salvatajes locales, ha estado recibiendo importantes flujos de
fondos especulativos externos, que aprovechando la persistente caída
del dólar se precipitaron a comprar acciones baratas y en alza.
Se repitió así la secuencia especulativa de fines de los años ’90 y de
2007, pero con una diferencia decisiva: el contexto de la burbuja
actual no es el crecimiento de la economía sino la recesión (o en el
mejor de los casos, el estancamiento). Las burbujas anteriores
(bursátiles, inmobiliarias, comerciales) interactuaban “positivamente”
con el resto de las actividades económicas: la subas en los precios de
las acciones o de las viviendas alentaban el consumo y la producción, y
a su vez estos crecimientos generaban fondos que en buena medida se
volcaban hacia los negocios especulativos produciéndose así una suerte
de círculo virtuoso especulativo-consumista-productivo de carácter
global. Proceso que en última instancia era perverso, destinado a
mediano plazo al desastre pero que causaba prosperidad en el corto
plazo.
Por el contrario, la burbuja bursátil de 2009 contrasta con bajos
niveles de consumo e inversiones productivas y altos niveles de
desocupación. Los excedentes de capitales bloqueados por una economía
productiva declinante consiguen beneficios en la especulación
financiera. Esto se produce entonces gracias a los fabulosos salvatajes
financieros de los gobiernos. Es un círculo vicioso basado en la
especulación financiera y el crecimiento débil o negativo.
En el caso del gobierno norteamericano, este efecto negativo fue
suavizado a través de enormes subsidios que consiguieron apuntalar
algunos consumos y de ese modo desacelerar primero y más adelante
revertir la curva descendente del Producto Bruto Interno. A las fuertes
caídas del último trimestre de 2008 y del primero de 2009 les sucedió
un descenso suave en el segundo trimestre y un crecimiento en el
tercero empujado por los subsidios gubernamentales para la compra de
automóviles y viviendas más los gastos militares. Pero detrás de esa
efímera recuperación aparece la expansión desenfrenada del déficit
fiscal y del endeudamiento público.
Es evidente que la economía norteamericana no sale de la trampa de la
decadencia, los alivios transitorios y las tentativas de recuperación.
Los crecimientos drogados fortalecen y recomponen los mecanismos
parasitarios que la han llevado al desastre actual. Y el hundimiento
del imperio (del centro articulador del mundo capitalista) arrastra al
conjunto del sistema mundial.
Ahora, hacia fines de 2009, nos encontramos a la espera de una próxima
segunda caída recesiva (el año 2010 podría ser el período de dicha
catástrofe), seguramente mucho más fuerte que la desatada en el último
trimestre de 2008. Los salvatajes financieros globales de 2008-2009
desaceleraron la caída económica, pero generando enormes déficit
fiscales en las potencias centrales que las colocan ante graves
amenazas inflacionarias y de debilitamiento extremo en la capacidad de
pago de sus Estados, cuya generosidad fiscal (hacia las grandes
empresas y las instituciones financieras) no consiguió generar el
ansiado despegue de la inversión y el consumo que anunciaban sus
dirigentes. Según ellos, ese prometido golpe de demanda debería
producir la reactivación durable de la economía mundial y en
consecuencia la reducción de los déficit, la anulación del peligro
hiperinflacionario.
Apenas lograron modestas reactivaciones de ciertos consumos. Algunas
ilusiones estadísticas (crecimientos del PBI) y más parasitismo. El
fracaso es evidente, lo que no impide que vuelvan una y otra vez a
aplicar sus inútiles medicinas intervencionistas (en una curiosa
combinación ideológica de neoliberalismo y neokeynesianismo
financiero). Lo harán hasta que se les agoten los recursos, prisioneros
de la locura general del sistema. En sus cerebros no entra la realidad
del violento cambio de época que ha convertido en obsoletos sus viejos
instrumentos.
Peor aún, no se trata sólo de una “crisis económica”. Otras “crisis”
están a la vista y en cualquier momento podrían golpear con fuerza a un
sistema global muy frágil. Entre ellas, debemos destacar las crisis
energética y alimentaria (que se hicieron presentes durante el año
2008). O la degradación del complejo militar-industrial de los Estados
Unidos involucrando al conjunto de aparatos militares de la OTAN,
empantanados en las guerras de Irak y Afganistán-Pakistán. Todo esto
sumergido en una catastrófica crisis de percepción: la sorprendente
resistencia de esos pueblos periféricos desborda su capacidad de
comprensión de la realidad. Se repite a niveles mucho más elevados el
“efecto Vietnam” o el desconcierto de Hitler ante la avalancha
soviética.
También es necesario mencionar a las crisis urbana y ambiental que
junto a la declinación de valores morales y culturales, de creencias
sociales, van ahogando gradualmente los paradigmas decisivos del mundo
burgués, desordenando, deteriorando los sistemas políticos, las
estructuras de innovación productiva, los mecanismos de manipulación
mediática.
En suma, nos encontramos ante la apariencia de una convergencia de
numerosas “crisis”. En realidad, se trata de una única crisis
gigantesca, con diversos rostros, de dimensión planetaria nunca antes
vista en la historia. Su aspecto es el de un gran crepúsculo que
amenaza prolongarse durante un largo período.
* Doctor en Ciencias Económicas. Agencia Latinoamericana de Información. alainet.org