26-Dic-2009 | De la rebelión popular del 2001, surgió una Argentina quebrada, donde
crecieron dramáticamente los niveles de miseria y exclusión: millones
de compatriotas fueron empujados sin piedad al abismo de la degradación
social. Asistíamos, impotentes, al epílogo de la tragedia de los
noventa, donde las leyes del mercado liquidaron hasta el último
resquicio de la dignidad nacional y los derechos sociales. De una
Argentina con justicia social y soberanía, en el marco de un proyecto
nacional de independencia económica e integración continental, surgida
del primer peronismo (1946-1955), sólo quedaba la añoranza de antiguas
generaciones.
El vaciamiento institucional que provocó esta pueblada potenció la
multiplicidad de las acciones de protesta social que se venían dando en
el campo popular con singular creatividad resistente: movimientos
asamblearios; piquetes y cortes de ruta; toma de establecimientos
públicos y privados; conflictos obreros contra las patronales ante la
traición de las jerarquías sindicales con complicidad estatal;
organización de movimientos de desocupados; recuperación de empresas
quebradas y abandonadas por los capitalistas; incursión violenta en los
municipios ante el abandono de la población.
En mayo de 2003, surgió la Era Kirchner, montado en un falso ropaje de
ex militante de la izquierda peronista, logró sensibilizar a
importantes capas de la sociedad mediante la ejecución políticas que
tocan profundamente el sentimiento popular: Leyes de Obediencia Debida
y Punto Final, reforma en las Fuerzas Armadas, cambios en la Corte
Suprema, clausura de la Esma, etc., otorgando a la política de derechos
humanos prioridad y razón de Estado.
Esgrimiendo las banderas de una concepción nacional y popular logró
importantes éxitos al integrar a corrientes movilizadoras del reclamo
social, llegando a cooptar a líderes de organizaciones populares que se
habían destacado por enarbolar banderas de resistencia al modelo y el
apoyo deliberado de la CGT de Hugo Moyano y sectores de la CTA.
Durante su mandato, no modificó la matriz concentradora de la economía
en las principales áreas del capitalismo local enancado en las teorías
de un desarrollismo neoliberal dependiente de la hegemonía del capital
financiero internacional.
El cambio de guardia, a cargo de la señora Cristina Kirchner, mantiene
con fidelidad absoluta las líneas directrices de su antecesor, pero la
magnitud de la crisis mundial que corroe la economía en nuestro país,
resquebraja todo intento de cooptación estatal ante el debilitamiento
de las arcas para distribución asistencialista, prefigurando un
horizonte sombrío para hacer frente al conflicto social.
La derrota electoral del 28 de junio, le asestó un mazazo demoledor al
sostenimiento del modelo de transacción económico sin control,
favoreciente de los grupos más concentrados del capital, en desmedro de
los sectores populares y de vastos sectores de la producción en un
combate sin cuartel a las fuerzas del trabajo, cada vez más acorraladas
para la obtención de mayor plusvalía empresarial.
Los sectores del capitalismo concentrado le exigen al gobierno mayores
créditos y subsidios que éste ya no les puede ofrecer en razón del
déficit fiscal y la caída de superávit comercial. La nueva relación con
el FMI le exige recesión, reducción del gasto público, congelamiento
salarial y pago de compromisos externos.
La impotencia para resolver el conflicto social, coloca al gobierno en
la situación de mostrar su verdadero rostro: criminalizar y reprimir
los reclamos laborales como sucedió durante el conflicto con la empresa
Kraft. Con estas medidas de auxilio al capital, caminan por una misma
vereda, el gobierno y toda la oposición liberal.
Esta situación hace emerger la contradicción entre las corporaciones
del poder empresario y la finanzas, a fin de determinar si es el
gobierno o la oposición quien le garantiza la supervivencia
explotadora. La Sociedad Rural y las agroexportadoras, junto a la
diatriba de los sectores más reaccionarios de la Iglesia y la acción
desembozada de los medios de comunicación exacerbando el cuadro de la
inseguridad y la violencia social, computan a su favor el descrédito
ascendente y la debilidad del gobierno para crear las condiciones de
una salida anticipada.
En este marco, la clase trabajadora es víctima de la más cruel ofensiva
de violación de sus derechos sociales. La prueba más acabada de este
escarnio es la supresión de los contenidos del más alto código de
protección al trabajador que es la Ley 20.744 de Contrato de Trabajo,
de mayo de 1974, creada bajo la inspiración del doctor Eduardo Centeno,
asesinado por la Dictadura Militar en la tristemente célebre “Noche de
las Corbatas” y suprimida en su esencia liminar por la Dictadura
genocida de Videla y nunca restaurada por ningún gobierno de la etapa
democrática hasta nuestros días, con el agravante de la profundización
de la flexibilización y precarización del trabajo durante el menemismo
y la Alianza, a través de los contratos “basura”, vigentes hoy en la
esfera privada y -aún más vergonzoso- en los estados nacional,
provinciales y municipales.
Este tenebroso sistema de inestabilidad contractual es la herramienta
más preciada de las patronales negreras para fijar el precio del
salario. A través del ejército de desocupados, subocupados,
destajistas, jornaleros a cama caliente, changuistas, peones de calle,
convierten al trabajo en una mercancía de transacción miserable,
creando las condiciones de fragmentación y desmovilización, con la
deleznable categorización en activos, pasivos, calificados,
precarizados, cercenando de esta manera las posibilidades de un
encuadre político de pertenencia a una organización sindical incluyente
en la estructura social.
Hoy, el trabajo ha dejado de ser la actividad creativa y más noble del
ser humano para convertirse en una maldición, jornadas agotadoras,
insalubridad, falta de protección, enfermedades por falta de higiene y
equipos apropiados para tareas riesgosas, trastornos psicológicos,
incumplimientos de cláusulas de convenios, períodos vacacionales a
conveniencia de la patronal, han pasado a ser práctica común en la
mayoría de las fábricas y establecimientos. Hasta aparece la condición
de no afiliación al sindicato para ingresar en la empresa o para seguir
trabajando, pretendiendo sustituir la organización sindical por
mutuales organizadas por las patronales, como en “La Serenísima” y las
aceiteras en el cordón industrial de Rosario.
Este retroceso del poder político de la clase trabajadora no es nuevo,
desde los albores del movimiento obrero siempre hubo sectores que
traicionaron en cada época. La dirigencia venal expresó las más
diversas formas del pensamiento político. Pero siempre las mayorías
triunfaron en la combatividad. Hoy, asistimos al control del movimiento
sindical por una aristocracia obrera, que no sólo ha entregado las
conquistas históricas de los trabajadores, que ni siquiera negocia en
el terreno de la burocracia, sino que cumple el rol de gerentes de las
cámaras patronales para impedir la lucha por la dignidad, creando las
condiciones de la desindicalización y el desprestigio de la estructura
gremial. Más allá de las claudicaciones, el sindicato continúa siendo
la organización de masas más importante de los trabajadores y siempre
será válido dar la batalla por su recuperación.
Este es sólo un aporte inicial al debate que debe darse en el frente
gremial del Movimiento Proyecto Sur, que es una de los ejes centrales
de nuestra actividad política. Las corrientes populares que promovieron
el ascenso social de las masas tuvieron en su seno, como protagonistas
principales, a los trabajadores organizados. Hoy, cualquier fuerza que
levante la bandera de la emancipación nacional, no escapará a ese
destino.
Frente Gremial
Proyecto Sur Pcia de Buenos Aires
frentegremialproyectosur@hotmail.com
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